Educación de calidad para alcanzar profesionales de calidad

Álvaro Muelas Plaza. Doctor en Pedagogía. Profesor en el Área de Educación del Centro Universitario Villanueva. Orientador en Bachillerato Fomento Fundación (Madrid) 13/02/2012

En la actualidad, no solamente la comunidad educativa y las familias, sino la sociedad en general, viven con enorme preocupación el presente de nuestros estudiantes. Son muchos los que se quejan de las actitudes de nuestros alumnos, pero en muchas ocasiones, pocos los que intentan poner soluciones a los problemas. Por ello, los orientadores de los centros educativos, debemos ser un pilar fundamental a la hora de ayudar en este problema.

Nuestros estudiantes, en muchos de los casos, no confían en ellos mismos, y esta circunstancia, en la actualidad, se está convirtiendo en un grave problema. Debido a esta situación, desde los departamentos de orientación de los centros educativos, tanto a los profesores como a las familias, hay que transmitirles la idea de que se debe confiar en todo momento en el alumno, viéndole como una persona, la cual se está formando.

Para construir correctamente la personalidad de nuestros estudiantes, este trabajo se debe hacer desde edades tempranas. En la educación del siglo XXI, se debe apostar por alumnos creativos. El estudiante, debe ser el verdadero protagonista de su aprendizaje,  y los educadores, unos meros “guías” de ese proceso.

Hay que conseguir que el estudiante sea un pensador efectivo, en donde desarrolle su pensamiento de manera consciente, planificando y reflexionando de manera deliberada y sistemática sobre las habilidades de pensamiento que debe poseer en toda actividad académica. Para ello, es clave que se trabaje desde esta línea en las primeras etapas educativas (infantil y primaria), para conseguir que dicho proceso cognitivo se convierta en hábito. Esta línea de trabajo, va a hacer que el niño vaya percibiendo el sentido de su aprendizaje.

En la actualidad, en muchas ocasiones, los estudiantes no ven el sentido de dicho aprendizaje, apreciándolo como una mera rutina y exigencia impuesta por parte del profesor. Hay que apostar por un aprendizaje significativo (Ausubel, 1968), en donde el estudiante al realizar su instrucción, relacione los conocimientos anteriores que posee con los nuevos. Este tipo de aprendizaje va a dar sentido al proceso educativo llevado por el alumno, y lo que es más importante, le va a motivar a alcanzar las metas propuestas.

Por todo ello, los orientadores debemos apostar por todos los estudiantes. En muchas ocasiones, nos encontramos con alumnos que alcanzan la educación secundaria obligatoria (E.S.O.) y bachillerato con una falta clara de vocación. Esto en gran parte se produce por falta de motivación. Para poder solventar en la sociedad actual este problema, hay que trabajar desde la raíz (educación infantil), transmitiéndoles ilusión, confianza, ánimo y exigencia. Esto va a hacer que nuestros alumnos vayan construyendo una personalidad sólida.

Por todo ello, se les debe educar en el éxito y en el fracaso. La educación del siglo pasado no permitía en su sistema educativo el error, es decir, un alumno hacía un examen y si cometía muchos errores, ese alumno suspendía. A día de hoy, debemos enseñar que lo importante es el esfuerzo, por lo que no han de tener miedo a equivocarse, sino a no intentarlo. Esto hará que cojan confianza en ellos mismo, influyendo en su autoestima, en su motivación y en sus ganas de aprender.

Otro aspecto clave en la formación correcta de nuestros alumnos en la actualidad, son las nuevas tecnologías. Reciben a través de ellas mucha información, y tanto los educadores como las familias, debemos ser conscientes de que puede ser muy positivo el uso de estas herramientas, pero también muy negativo. Por ello, para fomentar el autoconocimiento y la motivación de los estudiantes, hay que apostar no por la cantidad de información, sino por la calidad de dicha información. Es de vital importancia, que tanto los centros educativos (profesores, orientadores, etc) como las familias estén unidos para conducir por el camino correcto a los estudiantes desde edades tempranas, con el fin de que el estudiante adquiera unos hábitos correctos, influyendo no solo en su vida académica, sino lo que es mucho más importante, en su formación personal.

Los que formamos el entorno del alumno, debemos tener claro que, si desde educación infantil apostamos por una educación de calidad, en donde enseñemos al alumno a “saber pensar”, estaremos poniendo los pilares para que cuando alcancen la educación secundaria y bachillerato, sean personas orientadas hacia unas metas, influyendo de un modo muy notorio tanto en el plano académico como profesional.

En más de una ocasión, a los orientadores de los colegios nos llegan alumnos en las citadas etapas de ESO y bachillerato, desorientados académicamente, y sin ningún interés profesional para el futuro. Esto en gran medida, se produce por todo lo comentado anteriormente, debido a que el estudiante ha ido sin rumbo durante sus primeros años escolares.

En definitiva, los profesionales de la educación junto a las familias, debemos confiar con fuerza en nuestros jóvenes. La sociedad actual está necesitada de grandes profesionales, los cuáles se deben formar desde nuestras aulas, y por ello, hay que educar desde el respeto, el cariño, la exigencia y la comprensión.

Fuente: EDUCAWEB.COM

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